Amores al viento, primeros capítulos

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 Hola a tod@s:

Estamos en el último tramo de la novela, así que, muy pronto, tendréis más noticias mías. Pero hasta entonces, aquí os dejo los primeros capítulos de esta historia que está suponiendo todo un reto para mí, ya que me he propuesto tocar aspectos de lo romántico que no acostumbro exponer sin traspasar ciertos límites…

Espero que lo disfrutéis y, por supuestísimo, que me digáis qué tal os parece. Os deseo un buen comienzo de semana, chic@s. Allá va:

CAPÍTULO PRIMERO

REBANADAS DEL PASADO

21 de mayo de 2011, Drisco Hotel, San Francisco, EE.UU.

Me agito como una hoja de sauce llevada por el viento.

¿Qué diantres haces aquí?”, me pregunto mientras recorro mi frente perlada de sudor con las yemas temblorosas de mis dedos. “Estás a punto de casarte, ¡por el amor de Dios, Lucy! Regla número dos, ¿recuerdas?: no quedar con ningún hombre que te vio desnuda si en su muro de Facebook no pone: Jim Richmond, estado: comprometido con Luciana Lasting. ¡Anda, levanta tu precioso trasero de la maldita cama y echa a correr¡”, ordena el hemisferio izquierdo de mi cerebro.

No lo hago.

¡Cállate, maldita seas!”, lo reprende mi mente. “No va a pasar nada de lo que avergonzarme.”

¡Por supuesto que no! Un hombre que hace años dejó KO al imbécil de mi gemelo derecho te invita a su habitación de hotel y lo hace para que toméis un café, ¡estúpida!”, sigue razonando el zurdo de mis dos cerebros.

Y ¿por qué no ha de ser así?”, intento defenderme. “Somos amigos. Es verdad que llevamos mucho tiempo sin vernos, pero seguimos escribiéndonos, nos felicitamos los cumpleaños, chateamos… Poco, es verdad, pero nos mantenemos en contacto.”

¿Lo sabe Jim?”

¡Dios, algún día estos monólogos cerebrales van a volverme loca! Si es que no lo han logrado ya, pues lo que estoy haciendo ahora no es cosa de cuerdos.

¡Deja ya de fastidiarme!”

Intento buscarme una ocupación que lo haga callar.

Veo un cuenco con fruta fresca encima de una de las mesitas y alcanzo una cereza. Todavía se ven gotas de agua en la pulpa. Lo subirían poco antes de entrar yo, supongo.

Me acerco a una de las ventanas.

Tenía las cortinas corridas. El cuarto yacía en los brazos de la penumbra, y las he apartado un poquito para mirar hacia fuera.

Está anocheciendo.

Las luces de San Francisco van multiplicándose por fracciones de segundos delante de mis ojos. Me quedo mirando el pequeño valle plagado de casas que se despliega hacia abajo y que acaba a pocos metros de la bahía. La verdad es que no sé por qué he venido… No sé qué es lo que espero que pase. Supongo que quiero demostrarme a mí misma que ya no siento nada por él y que hice lo correcto cuando hui… Siento tantos nervios burlándose de mi estómago que estoy considerando en serio el marcharme sin esperar a que él llegue. Todavía hay tiempo…

Me llevo una cereza a la boca y juego con ella. La fruta está dentro, pero aún no le he roto el pedúnculo, lo sigo teniendo entre mis dedos índice y pulgar. Lo giro; la carnosa y aromática bolita da vueltas detrás de mis dientes y toca mi lengua. Sin soltar la cereza, miro el “La Rose” de Jaeger-LeCoultre que adorna mi muñeca izquierda, el regalo de compromiso de Jim. No me lo pondría si no simbolizara nuestra inminente boda. No me gusta llevar cosas tan caras encima, por eso, el reloj está en la parte interior de mi muñeca. A la vista solo queda su preciosa correa de raso azul oscuro.

Son tan distintos, Jim y él, más bien diametrales. Y aunque todo en él sea un misterio, para mí muy tentador a revelarlo, no me arrepiento ni un momento de haber elegido al primero. Mi prometido es una persona magnífica: es generoso, buen amante, con sentido del humor y tiene el cuerpo de un atleta. Y, sobre todo, me adora…

Quizás debiera hacerle caso a mi enemigo número uno —mi propio hemisferio izquierdo— e irme al hotel. A mi hotel. ¿Por qué diantres habré colgado esa maldita foto en Facebook? No, mejor dicho ¿por qué diantres él la vio y me mandó ese mensaje? “¿Estás en San Francisco, Luciana? ¡Qué casualidad!”

Ya…

Por primera vez en siete años, no había un Atlántico entre nosotros. Ello fue suficiente razón para despertar mis ganas de volver a verle…

Solo él me llama así, por mi nombre completo. Falta que siempre que lo diga también añada Lasting para ser el más formal de todos mis conocidos, la mayoría de los cuales me llaman Lucy, o simplemente Lu. “Y con ellos no compartiste cama —sigue dándome sermones ‘el zurdo’, como lo llamo ‘con cariño’— así que ya ves lo mucho que sigues importándole. Ya has hecho lo más difícil, nena, has levantado el culo de la cama, así que ahora sal de una maldita vez de este hotel.”

No te la comas todavía —escucho un susurro detrás de mí.

Doy un respingo.

Una onda de descarga emocional pasa por todo mi cuerpo, atravesándolo desde la coronilla hasta los talones. Las cortinas se cierran y yo tiemblo más si cabe. Hace mucho que no oigo ese timbre de voz, y mi corazón me recuerda de quién es.

Me has asustado—. Intento sonreír.

Seguro que tengo el aspecto de una boba risueña. Menos mal que estamos a oscuras.

Siempre me ha gustado verte comer —sigue susurrando. Está tan cerca que me parece que dentro de un instante sentiré un abrazo y un par de besos en mis mejillas; sin embargo, nada de esto sucede y… estoy desconcertada. Tengo los ojos algo entorpecidos por la luz que acabo de ver en la calle, pero ya me estoy acostumbrando de nuevo a la oscuridad—. Dejas los labios mórbidos, como si quisieras besar la comida antes de ofrendarla a tus dientes; haces una pequeña pausa antes de empezar a mover despacio la mandíbula y, a veces, pasas tu lengua por el labio inferior y lo muerdes apenas.

Enzo… —digo atónita, con voz ronca y cortada por lo inesperado de su confesión.

No me había hablado así ni siquiera cuando intentábamos ser una pareja, y me doy cuenta de que el tiempo también le ha cambiado a él. Su voz suena tranquila, casi sabia, sin rastro de la impaciencia o inquietud de antaño.

Ciao, Luciana —me saluda.

¡Clic!

Se enciende la luz. Mis ojos se cierran por reflejo y los abro con rapidez unas cuantas veces. Cuando por fin separo los párpados, veo la figura de un hombre fibroso escrutando cada rasgo de mi cara.

Es el italiano más alto que he conocido nunca. Y, ¿por qué no decirlo?, también el más atractivo.

Nos presentaron un sábado tardío de junio, cuando, aprovechando que sus padres habían subido a los Alpes Suizos para pasar el fin de semana, mi mejor y más íntima amiga de por aquel entonces, Francesca Mazzi, dio una fiesta en la mansión de sus progenitores para presumir de su “compañera americana” ante sus amigos italianos. Fue al principio del que yo pensaba sería el mejor año sabático de todos los tiempos, el que mis padres me regalaron antes de decidirme por la carrera que estudiaría, y el que duró lo mismo que mi estancia en Verona: tres meses…

Sacudo la cabeza y vuelvo al presente.

El hombro derecho de Enzo está apoyado en el tabique de puertas japonesas que separa las dos habitaciones de la suite. Lleva un traje gris claro, camisa de un blanco inmaculado y una corbata azul marino. Tiene el pelo más largo de como solía llevarlo antes, y los ojos se le ven casi negros en esta luz, pero sé muy bien que son del verde más gris que he visto jamás. Creo que nunca me acostumbraría a mirar este contraste entre ojos y cabello sin escalofriarme. Es demasiado perturbador. Parece haber nacido con pelo de ojos negros, y, en vez de así, los tiene verde-grises, claros y limpios.

Si me preguntaran qué es lo que más me inquieta de él, mi respuesta sería: “su mirada”; y no lo dudaría ni un instante… También es lo que más me gusta. Aunque, si lo pienso bien, quizás “gustar” no sea el verbo adecuado, creo que es mejor decir me atrae, o sea, me atraía… Ya no.

Se me hace raro estar en este momento del “aquí y ahora”, en el presente, y tener delante de mí una rebanada de mi pasado; quizás me siento así porque creía que no volvería a verle nunca más…

Lleva su mano derecha al cuello de la camisa, afloja el nudo de su corbata y rompe el abrazo entre los tres botones superiores y sus correspondientes ojales. Lo hace despacio, a sabiendas, casi provocando diríase. La piel de todo el cuerpo se me pone de gallina. Constato con horror que no puedo controlar el flujo de mi saliva y que soy incapaz de desprender mi mirada de él.

Hola, Enzo —repongo al fin—. Tenía que haber encendido la luz, pero estaba observando iluminándose la ciudad y… Bonita habitación —señalo alrededor de mi cuerpo en un, espero no demasiado obvio, intento por no delatar mi inquietud—. Aunque, para ser sincera, te creía más de “Fairmont Heritage Place” que de “Drisco”.

Hablo por hablar, más por romper mi mirada de él que por querer charlar. Me resulta más fácil decir algo, que permanecer callada; esto último ya lo hace él mientras me sigue observando y prefiero que mi cabeza o, peor aún, mi cuerpo, no piense en ello…

El hueso de la cereza aún sigue en mi boca. Se ha vuelto insípido y caliente, pero prefiero tragarlo antes que preguntarle dónde podría tirarlo. Todavía conservo el rabito en mi mano derecha. Está igual de pegajoso y resbaladizo que mis palmas. “¡Esto acabará mal!”, suena una alarma en mi cabeza. De repente, el querer demostrarme que ya no siento nada por él no tiene el mismo sentido que antes de verle y tengo la sensación de que no estaré a salvo mientras él me esté mirando de la manera que lo hace.

Me acerco a la cama, cojo mi bolso y mi abrigo de lana fina gris intenso y me encamino hacia la salida mientras balbuceo un: “Disculpa, no tenía que haber venido”. Enzo se me acerca con paso perezoso, pero decidido, y yo no sé cómo esquivarlo sin en el intento parecer una imbécil.

Ya te lo dije”, se regocija ‘mi amigo del alma’ de su victoria, “sabía yo que no te invitaba a tomar café, ¡idiota! Ahora, desenvuélvete como mejor sepas.”

Mi monólogo interior llega a su fin y estoy tan aturrullada que no comprendo por qué no puedo seguir avanzando hacia la puerta. Miro hacia atrás y veo la unión de nuestras manos: una pálida, de dedos largos y finos, la mía, y otra huesuda, más grande y morena, la de Enzo. Noto algo curtida la piel de sus palmas y dedos, y me escalofría lo agradable que me resulta sentirla así. Por delante de mi mente pasa la perturbadora imagen del cómo me hacían sentir sus manos en otras partes de mi cuerpo cuando…

Mi mirada se desliza por su muñeca, escala por su brazo hasta llegar al hombro y sube hacia su cuello; para en su mandíbula recia, que apunta en un mentón ancho y con fuerza de voluntad; asciende y se retiene algo más de lo que me gustaría en sus labios bien definidos, tan llenos y sensibles; repara una fracción de segundo en su nariz recta, fina y apenas aguileña y…

Me niego a seguir. No quiero ver esos ojos ahora.

¡Ven aquí! —musita él mientras me atrae hacia su cuerpo para envolverme en un abrazo que sigue oliendo a “Terre d’Hermes”. No es un abrazo de amigo. Es uno de esos que te da tu padre cuando lleva mucho tiempo sin verte; de esos que te hacen sentir pequeña y protegida; de los que no quieres que se acaben pronto…

Siento su abdomen duro contra el mío y me doy cuenta de que aún sigo temblando. No, Enzo no lo notaría. Tiemblo por dentro. Me vibran las entrañas y los pulmones; los músculos que ciñen la parte interna de mis costillas, y también el corazón; mis cuerdas vocales y mi garganta tiritan al mismo son.

Si me preguntara algo en este momento, mi voz delataría todo el miedo que tengo de volver a… caer por él; sigue siendo demasiado fácil hacerlo…

¿Por qué he venido?”, pienso. Mi mejor enemigo —no sé cuántos calificativos más encontraré para la parte racional de mi cerebro— tenía razón. Siempre la tiene. Por eso es mi enemigo. Por eso lo odio…

Tenía que haberme hecho esa pregunta antes de decir “sí” a su invitación de vernos para hablar. O antes de que el botones me condujera hasta su habitación, como Enzo había pedido de forma expresa que se hiciera si yo llegara antes que él. Tenía que haber elegido un terreno neutro para los dos…

Ahora sé que fue un error venir. Pero pensar en ello en estos momentos es tan ridículo como tarde…

CAPÍTULO SEGUNDO

ENZODOSIS

Hay personas, entre ellas yo, que tienen la suerte o la desgracia de encontrar en su vida a otras que las atraen sin razones ni cómos, ni qués. Es tan sencillo como que ocupan dos puntos diametrales en el variopinto mapa de los caracteres humanos y, por ese mismo y simple hecho, se atraen como dos imanes.

Lo mío con él no fue suerte… No fui, ni soy, ni nunca seré la única que le mire y lo quiera para sí. Y él… él no es hombre de una sola, ni de ninguna mujer; ama su libertad por encima de todo lo demás… Y aunque me queda el consuelo de que fui yo quien rompió el ‘sin nombre’ que nos unía, también sé que si lo hice fue por un acto de cobardía, porque temía que él lo hiciera antes que yo… Y si ello hubiera pasado, ahora no me quedaría ni el flácido consuelo de haber sido la primera en cortar con él… Y lo cierto es que el haberlo hecho nada tenía que ver con lo que, por aquel entonces, mi inexperto y joven corazón sentía por el hombre que ahora tengo delante…

Fue quien me hizo llorar por muchas cosas y razones, pero sería injusto responsabilizarle de ello. No, no lloré por él; a veces pensaba que el haberlo hecho me habría dolido menos… Lloré de la rabia que me daba el tener que ser testigo del cómo el tiempo aún seguía dándole la razón… Y ello me reconcomía, pues reconocer y admitir aquello fue un dolor de mil latigazos para mi orgullo.

Me doy cuenta de que su presencia todavía tiene el poder de hacerte sentir menos de lo que eres. Es uno de esos hombres al que, cuando se te acerca, le miras con cara de boba y buscas a tu derecha e izquierda a la afortunada que despertó su interés, pues te resulta inconcebible creer que , una simple mortal, lograras hacerlo. Es de esos que te parecen perfectos incluso nada más levantado la mañana siguiente después de una borrachera…

Siempre lleva el pelo como recién peinado, los zapatos relucientes y las uñas cuidadas. No recuerdo haberle visto nunca sin barba de tres días. Y sabe llevarla como ninguno…

Pese al desenlace de nuestro corto pasado, me considero afortunada de poder incluirme en el bando que ha aprendido de tal vivencia. Hay tantos que nunca llegan a tenerla… Y creo que cualquier experiencia que involucra el sentir vale la pena, aunque el final no resultara ser el esperado.

Pensaba que pasados siete años, añadidos ellos al hecho de que al final quedamos amigos, sería suficiente para dejar de retemblar en su presencia, pero veo que no… Mi desafortunado e incontrolable estado así me lo demuestra.

Nadie me ha hecho temblar así.

Nunca.

Y nadie lo sabe, ni siquiera él.

Nunca, con nadie más que él me he sentido a la vez inmaculada y sucia. Y, fuera cual fuese el estado de la pureza o contaminación que experimentaba, él sabía conseguir que me viera a mí misma a través de sus ojos, y jamás me había visto tan… hermosa.

En momentos como esos, habría hecho todo cuanto me hubiera pedido.

Todo.

Sin reservas…

Hay en él algo que lo envuelve en un misterio tan adictivo y tentador a descubrirlo que es imposible resistírsele. Si a ello le añades una persona muy segura de sí misma y una dosis gigantesca de autoestima, —pero sin caer en la arrogancia o lo engreído—, tendrás como resultado a alguien tan natural como fatalmente atractivo. Y él sabe que lo es. Es su arma infalible. Pero también es cierto que domina a la perfección el arte del no dejar ver que estuviera al tanto de ello, pues parece sorprendido de verdad cuando se lo insinúan.

Pasados los años, cuando el rencor que le tenía por no haberme disuadido de romper con él se hubo apaciguado y fui lo bastante sabia como para aprender de nuestra relación, me di cuenta de que lo que más echaba de menos, aparte de todas las cosas que le componían, era la inmensa seguridad que me transmitía su presencia; la que, tiempo después, descubrí que se encontraba dentro de mí misma y que él tan solo había sabido cómo hacerla salir de su escondite antes de lograrlo yo…

Enzo apoya su mentón en mi coronilla; vuelvo al presente y sonrío. Su corazón late tranquilo, a un ritmo sano y conciliador. No sé si ello me consuela o me desquicia pues traduzco el hecho en que él no siente lo mismo que yo, ya que el mío va a mil por hora. Creo que él también lo nota lanzándose contra la jaula de mis costillas como un pájaro encarcelado que todavía no se ha dado por vencido y sigue buscando su salvación… Quizás por eso, ahora su mano pasa por encima de mi hombro y para a la altura de mi nuca, donde reduce su inquietud por un instante, para después, en un “sube-y-baja” tan tierno que apenas lo noto, dar a luz una caricia de lo más protectora. No quiero pensar en nada. No quiero que ello signifique nada para mí, pero sí lo hace y… comienza a asustarme el no poder evitarlo.

Me agito entre sus brazos y él se da cuenta de que estoy empezando a ponerme incómoda, pues se desprende de mí. Sus manos tardan un poco en mi cintura abrazada por un cinturón burdeos fino. Llevo un vestido de tubo gris por debajo de las rodillas, pantis negro-mate y unos zapatos de tacón aguja de color vino. Lo caramelo oscuro de mi pelo cae en ondas sobre mis hombros, y mi maquillaje es algo más acentuado de lo habitual.

Unas horas antes, acompañé a Mick Stanfield, mi jefe, a una cena organizada por los cabezas de la Asociación de Notarios de EE.UU., cuyo Congreso Anual se celebra estos días aquí, en San Francisco. Mick es el presidente de honor.

Además de ser la especialista en traducción de su oficina notarial de Augusta, Maine, también soy su administrativa. Mick es una persona respetable y mayor —tiene más de sesenta y cinco, está felizmente casado y es padre de cinco hijos, el menor de ellos, de mi edad. Nos llevamos muy bien porque es de los pocos hombres que creen que el ser una mujer atractiva es tan solo una condición natural que nada tiene que ver con la capacidad cognitiva y la inteligencia. Su forma de ser y pensar saca de mí todo el respeto que soy capaz de sentir.

Este de hoy ha sido el segundo día del Congreso. No es la primera vez que acompaño a Laura, su mujer, y a él a eventos de este tipo y sé lo difícil de llevar que puede llegar a ser el ritmo, pero han comprendido y consentido mi necesidad de retirarme nada más acabar la cena. A Mick no le sonríe la idea de que yo conozca a alguien que pudiera tentarme a dejar de trabajar para él; y yo paso del baile y el “estar de copas” con docenas de hombres ricos que piensan que por “ser la administrativa” pueden tenerte porque así lo desee su parte baja. Por eso Mick y yo nos llevamos tan bien: nuestras rarezas resultan convenientes a ambas partes.

Si fueras mía no te dejaría tocar este pelo ni siquiera para cortarle las puntas, Luciana —me dice sonriendo mientras toma entre sus dedos un generoso mechón que extiende hasta dejarlo liso.

Hago caso omiso de su comentario y le retiro la mano que todavía tiene en mi cintura.

Disculpa, olvidaba que ahora eres una mujer prometida.

Lo dice sonriendo, pero solo con los labios. Sus ojos permanecen apagados y fríos. De hecho, me estoy dando cuenta de que su mirada ha cambiado de expresión a lo largo de estos años; es una mezcla de lo más inusual; un “tira-y-afloja” entre lo depredador y lo melancólico.

Tú lo has dicho —le contesto en un tono que pretendo que sea desenfadado, cosa que, para mí sorpresa, consigo sin demasiado esfuerzo.

Lamento mi comportamiento de antes —dice él y suelta mi pelo—. Llevo años sin verte e, igual que yo, no eres de los que cuelgan sus fotos en Facebook nada más sacarlas. Has cambiado mucho, Luciana Lasting.

También lo has hecho tú”, pienso para mis adentros, pero no se lo diría por nada en el mundo.

Con un gesto de la mano, me invita a sentarme en el sofá. Él prefiere ocupar un sillón enfrente de mí. Tomo asiento. No soy de cruzar las piernas, así que me limito a doblar ambas rodillas hacia mi lado derecho y descanso el codo en el reposabrazos. Intento parecer desenfadada y tranquila, pero, por la sonrisa que Enzo dibuja en sus labios, me doy cuenta de que no me sale del todo bien.

¿Te apetece tomar algo?—. Hace uso de sus dotes hospitalarias de repente y con un gesto labial complacido que pretende enmascarar su gracia para con mi comportamiento. —Aún no he abierto el minibar, pero estoy seguro de que habrá algo que te satisfaga.

Solo por un instante, este último verbo me hace bajar la mirada. Al siguiente, le miro a la cara y le agradezco la oferta, la que rechazo de la forma más diplomática que soy capaz.

¿Has cenado ya? —me pregunta.

Sí, de hecho vengo de una cena.

Pensaba que habías venido a San Francisco sola, por trabajo —me dice sonriendo, otra vez sin implicar los ojos.

Y así es. No he cenado con Jim, si es eso lo que has deducido —le explico.

Entiendo… A propósito, ¡enhorabuena por vuestro compromiso! Vi tu nuevo estado en Facebook.

Sí, gracias por tu “me gusta” —añado y le clavo la mirada, sin saber ni entender por qué mi afirmación contiene una nota de acusación.

Yo no he cenado aún—. Baja él la suya por un instante. —Si te apuntas, podríamos charlar un rato, como en los viejos tiempos…

Sí, por supuesto —digo yo con demasiada prisa como para no delatar las ganas que tengo de abandonar la habitación.

Me levanto.

También lo hace él.

Mi desconcierto me abre los ojos en demasía, ya que le veo delante de mí con la mano izquierda ahuecada a la altura de mi barbilla, y no comprendo qué es lo que hace.

El hueso —me explica.

Tardo un momento en comprender a qué se refiere y me sonrojo.

Lo he tragado —le digo avergonzada.

¡Ja ja ja!—. Ríe con ganas. —Solo has cambiado por fuera, Luciana Lasting. ¡Vamos, cara! Tragarse un hueso de cereza no es ningún crimen—. Me ofrece su brazo. —¡Yo me tragaría una ternera entera ahora mismo!

Su sonrisa relaja un poco la tensión que había caído entre nosotros. Respiro aliviada cuando por fin salimos al pasillo. Aquí hay más aire corriendo entre nosotros y huele menos a él; mi mente se serena a paso veloz. Le espero mientras cierra con llave la puerta de la habitación. Es curioso que en pleno San Francisco del siglo XXI aún exista un hotel donde no se usen las llaves magnéticas. Quizás por eso tiene este aire de bohemio y esa clase de la finura de antaño.

Enzo toca mi codo y yo vuelvo a la realidad. Nos dirigimos hacia el ascensor. Lo llama. Una vez dentro, vuelve a abrocharse la camisa y aprieta el nudo. La corbata le queda un poco torcida, y mi mano da a luz un gesto de querer arreglarlo, pero, gracias a Dios, me controlo a tiempo.

Por favor—. Se me acerca más, como si hubiera adivinado lo que quería hacer.

Dudo por un instante, pero al siguiente, alzo mis dos brazos e intento ajustárselo. Los dedos índice, corazón y anular de mi mano izquierda se cuelan entre la piel de su garganta y la tela rígida del cuello de la camisa. Creo que no era necesario llegar a ese punto, pero no pude resistirme y me aproveché de la situación. Lo vuelvo a aflojar un poco, lo centro y luego lo aprieto. Despacio, casi con cariño. Enzo no separa sus ojos de mi cara en ningún momento, pero no le devuelvo la mirada, ya tengo suficiente con el contacto de su piel. No aguantaría doble “enzodosis” en un espacio tan restringido como un ascensor sin en el acto mostrar señales de debilidad…

CAPÍTULO TERCERO

REGLAS QUEBRADAS

La puerta se abre con un pitido y mis dedos se retiran con premura de detrás de las solapas de su chaqueta. Enzo me ofrece su brazo como un auténtico caballero. Me imagino que desde fuera se nos ve más bien como una pareja, no como un par de amigos sin derecho a roce que van a cenar. Sé que nos vemos espectacular así, el uno al lado del otro, pero me vuelvo a recordar a mí misma que es de las pocas cosas que se nos dan bien cuando estamos juntos…

¿Adónde prefieres ir? —me pregunta mientras nos dirigimos hacia su coche, un reluciente BMW negro aparcado muy cerca de la entrada. Lo abre con el mando y, en el siguiente momento, su mano separa la puerta del copiloto de su marco para invitarme a entrar.

Tan italiano como siempre”, pienso mientras me escurro en el interior color canela y negro que huele a lujo.

¿Has decidido adónde vamos? —me pregunta.

No lo sé, eres tú quien tiene hambre. Tú eliges.

Había pensado en bajar a Fisherman’s e improvisar, o podríamos ir a Chinatown a tomar gambas rebozadas y cangrejo fresco. Tú podrías tomarte un rollito de primavera—. Me sonríe con picardía.

No me tientes—. Hago un mohín. Los rollitos de primavera son mi perdición, y él lo sabe. —Hoy ya he infringido mi regla número dos, no quiero que la número tres tenga la misma suerte —digo, y lo lamento en el mismo instante—. Nada de carbohidratos por la noche —añado esperando que ello fuera suficiente para desviar su atención de mi confesión con respecto a la regla número dos.

No me digas que te has convertido en una de esas pijas que solo comen brotes de alfalfa, Luciana—. Me mira él mientras pone el coche en marcha.

¿Y eso me lo preguntas tú, un italiano que odia la pasta?—. Hago yo alusión a su estilo “paleontológico” de comer.

Una cosa es comer sano, y otra es no comer nada, Luciana. No te vendría mal tomar un bocata con doble dosis de colesterol—. Me mira él por el rabillo de su ojo. —He oído decir que las novias adelgazan antes de la boda, pero tú tienes que preocuparte por que no pierdas el vestido de camino hacia el altar.

¡No seas maleducado, Enzo Calliari! —digo yo demasiado en broma como para que parezca una reprimenda—. Si no recuerdo mal, te gustaban las de tipo “reloj de arena”, así que estamos en paz. A mí tampoco me gustan los flacos.

Ya me he dado cuenta, tu novio publica una foto siempre que va al gimnasio, y tú, ¡cómo no!, la compartes enseguida para que tus amigas se mueran de envidia.

¡Aaah!—. Me indigno aspirando por la boca. —¿Eso es lo que crees? —pregunto atónita por el asombro.

Por supuesto que sí. Exhibir a vuestros novios como trofeos, ¿no es eso lo que hacéis las mujeres?

Sigues conociendo a la mujer tan poco como antes, Enzo. No me extraña que aún sigas solo —repongo algo cabreada.

Le miro y me doy cuenta de la sombra que lo dicho por mí ha dejado en su rostro.

Lo… lo siento. No quería decir eso.

Por supuesto que lo querías decir, si no, no acabarías de hacerlo —dice él con tranquilidad mientras intenta girar a la derecha para incorporarse al tráfico.

No tenía que haberlo dicho —rectifico.

No importa…

¡Para el coche! —le pido yo de repente.

¿Qué?—. Me mira perplejo.

¡Abre el maldito coche! —le repito.

Lo hace, pero también sale él, y yo casi echo a correr para ganar suficiente espacio entre nosotros. Tengo pocas posibilidades de lograrlo, puesto que llevo unos tacones de aguja de más de diez centímetros, así que me quito los zapatos y voy a paso ligero por la acera, de camino hacia el Kia Cee’d blanco de alquiler que Mick me proporcionó con tanta generosidad.

¡Luciana! —me llama Enzo—. Vivimos en el siglo XXI, ¡por el amor de Dios!

Me importa un comino lo imbécil que parezca mi actuar. Tengo que llegar al coche cuanto antes y largarme de aquí. “¿Cómo diablos he llegado a hacer algo así? ¿No pude haberle dicho que tenía la agenda demasiado apretada como para sacar un ratito para vernos? Tenía un millón de excusas si de verdad hubiera querido encontrarlas: estoy pro-me-tida; estoy trabajando; no puedo; no quiero o, —las cosas como son—, que no es buena idea, dadas las circunstancias y nuestro pasado. Pero no, he tenido que ser una nostálgica tonta de capirote que se ha imaginado que…”, me reprendo.

¿Qué esperabas que sucediera, Lucy? Que él se lanzara a tus brazos nada más verte y te suplicara que le dieras una segunda oportunidad para así regodearte y vengar la frustración que te produjo siete años antes cuando huiste como una cobarde porque te aterraba que él te diera las calabazas antes que tú. ¡Hay que ser imbécil, chica!”

Observo un coche yendo despacio a mi lado. Sé quién es, así que ni siquiera me digno mirarlo. Mi paso adquiere más velocidad y casi corro por la acera con los zapatos en las manos. Ya delante de mi Kia, al intentar abrirlo para sacar las llaves, mi pequeño bolso aterriza en el asfalto de la forma más ‘digna y oportuna’… ¡Dios! Estoy roja de furia y de vergüenza. Mientras me agacho para recogerlo, la puerta del BMW negro se abre y Enzo sale. Se planta delante de mí y me impide avanzar. Doy un paso hacia la izquierda para esquivarle, él también lo da. Doy otro hacia la derecha, él me imita. No quiero mirarle, y sé que es exactamente lo que él procura que haga, pues sabe de sobra cómo sus ojos afectan mi fuerza de voluntad. Pero esta vez se llevará una sorpresa… levanto la mirada y la dirijo hacia sus ojos con la ira aún encendiendo los míos.

No se lo esperaba. Me mira anonadado… aunque hay algo más en su mirada; algo que, dado mi estado y la escasa luz, no logro descifrar.

¡¿Qué?! —le pregunto de mala uva.

Estás muy guapa —me dice en un tono tranquilo y grave.

¿Qué?”

El qué es suficiente qué como para desconcertarme y romper el hilo que me unía a mi mosqueo. Enzo lo aprovecha, claro está, y se me acerca más. Yo le miro sin poder articular palabra y odio que haya conseguido despojarme de mi escudo. Ahora ya no sé cómo seguir enfadada, no tengo razones. No se me ocurre hacer nada mejor que volver a ponerme los zapatos y seguir en la intención de abrir mi coche.

¡Por supuesto que no me deja!

Sería feliz si la acera se abriera en este mismo momento y me tragara con zapatos y todo. “¡No me toques, tan solo no me toques, por favor!”, pienso, algo avergonzada de mi actitud anterior. Mi valentía se ha evaporado y ya no se me ocurriría volver a enfrentarme a su mirada.

Luciana, tenemos que hablar —me dice en un tono que me asusta y a la vez despierta mi curiosidad.

No tenía que haber venido, Enzo —le contesto con los ojos todavía vagando por el suelo—. No sé qué estaba esperando que pasara, la verdad —reconozco—. Creo que lo más sensato para los dos sería que cada uno volviera a su hotel y dejáramos de vernos mientras dure nuestra estancia en San Francisco.

Quizás sea lo más sensato, sí…—. La sensación que nace en mi pecho al oír sus palabras se debate entre el desengaño y una profunda punzada justo en el centro de mi busto, la cual no sé muy bien a qué atribuir, dado el hecho de que la autora de la idea soy yo, y el sentirse rechazada y ofendida como me siento es, si no ridículo, sí fuera de lugar. —Pero ¿es lo que queremos, Luciana? —pregunta él mientras levanta mi barbilla con su índice y pulgar derechos.

Noto un alivio de lo más tonto bajando por todo mi cuerpo, aunque su pregunta me pilla desprevenida y no sé qué contestarle. Ni siquiera sé si podría ser lo bastante honesta conmigo misma como para analizar la respuesta y después admitirla con sinceridad. La verdad es que… ni yo misma sé qué es lo que quiero…

CAPÍTULO  CUARTO

COMO UNA  REGADERA-CABRA-CHOTA

No es lo que yo quiero —me susurra mientras su mejilla derecha se pega a mi sien.

Sé que le ha costado horrores decírmelo. Siempre ha sido muy reservado a la hora de expresar lo que siente o quiere. Incluso me atrevería a decir que, en cuanto al dar a conocer sus sentimientos se refiere, es el hombre más comedido que he conocido en toda mi vida.

Es una mezcla rara, la de su carácter. Porque, al fin y al cabo, es un italiano y se les conoce por el innato don de echar flores sin sentir de verdad lo que dicen. Y él es así, es capaz de marearte con las palabras y enloquecerte con sus tonos al decirlas o murmurarlas, dependiendo de cuál le conviniera más para su propósito en ese momento. Pero a la hora de hablar de lo que siente de verdad: enmudece… Y si logra articular un par de ellas, suenan siempre forzadas, arrancadas, aunque musitadas, casi como una oración. Y cuando lo hace, su acento veronés cobra más protagonismo…

Esto último que me ha dicho ha sido de esa manera. Y no sé por qué me importa tanto que no se sienta herido si ahora me apartara de él tal y como me exige que haga la parte racional de mi cerebro. Quizás su confesión sea la culpable del no querer hacerlo. O quizás no lo hago porque no quiero hacerlo.

¡Dios, estoy tan confusa!

Si esa mejilla no estuviera tan pegada a mi sien… Si no oliera tan bien…

Si quieres, podrías coger tu coche y acercarnos a Chinatown cada uno en el suyo.

Si le hiciera caso tendría la excusa perfecta para no volver al hotel con él…

No, podemos seguir en el tuyo —digo en voz alta.

¡Bocaza! ¡Idiota! ¡Imbécil! ¡Dios, estoy perdida! ¡Estoy perdida sin más remedio!”

He caído en la trampa. Ahora, de pasar algo entre nosotros, ya no podría recriminarle que la culpa fue suya… Me ha ofrecido una salida digna de esta situación tan embarazosa, y yo la he dejado escapar. La he dejado escapar porque… porque quiero… quiero volver al hotel… con él.

¡Madre de Dios! Lucy Lasting, ¡estás como una regadera, chica!” , me horrorizo.

A partir de hoy, pienso cambiar de bando y hacerle más caso a mi mejor enemigo, veo que mi cerebro derecho me está llevando a la perdición.

¿Luciana?

¿Qué? —digo dejando mis reverías en el mundo que les corresponde.

Le veo al lado del coche con la puerta del copiloto abierta. Me espera. Es mi última oportunidad de decir “no”. Si no lo hago ahora, sé que querré verle todos los días de mi estancia aquí, y ello me aterroriza. Me horroriza y me atrae de mil maneras…

Mis pies han empezado a llevarme hacia él, y yo no quiero pararlos. ¿Por qué no quiero pararlos?

¡Lucy Lasting, estás como una cabraaaaa!”

Me vuelvo a sentar en el cuero que huele a lujo y a ambientador caro y espero a que Enzo cierre la puerta. Las luces de la ciudad ejercen un poder casi hipnótico sobre mis retinas. Son tantas y de tantos colores. Me centro en ellas para mantener callada “mi gran bocaza americana”. No quiero decir nada más. Enzo tampoco lo hace. Se concentra en conducir y me doy cuenta de que lo hace mucho mejor que siete años antes, cuando una noche casi estrella el coche de su padre contra un árbol…

Recuerdo muy bien por qué pasó… Mi descarada lengua le lamía el cuello, y mis labios concentraban un hilo de mi respiración detrás de su lóbulo derecho… Se escalofriaba siempre que lo hacía. Le encantaba sentir mi aliento en zonas donde antes había pasado mi lengua mojada y caliente…

Nadie de los que me conocen me creería capaz de algo así… y, hasta que apareció él, tampoco yo me creía calificada para semejantes diabluras… Sacudo mi cabeza para ahuyentar esas imágenes de mi memoria. La de Enzo se gira de vez en cuando en mi dirección. Le veo de reojo, pero no le respondo, me incomoda. Todo me incomoda. Hasta me incomoda que me incomode, ¡maldita sea!

Por fin veo el perfil de la entrada en Chinatown y me alegra la idea de poder respirar aire callejero dentro de un par de minutos. Incluso diría que, más que alegrarme, me es necesario ya que el olor a él mezclado con el del coche me hace pensar en cosas que una joven prometida con otro hombre no debería pensar…

Enzo aparca, y yo no espero a que me abra la puerta. Salgo y permanezco en la acera hasta que él se me une.

¿Great Eastern? —pregunto levantando una ceja—. Dime que no hemos venido aquí porque tienen esto—. Señalo un cuadro-póster que se ve en uno de los ventanales y que contiene multitud de fotos de la visita de Obama al local.

No, hemos venido porque tienen el mejor marisco en Chinatown y también los mejores rollitos de primavera —me responde mientras nos dirigimos a la entrada.

¿Por qué tengo la impresión de que no estás aquí de vacaciones, Enzo?—. Entrecierro los ojos sospechosa cuando él me abre la puerta.

No me contesta.

Yo no insisto.

Entramos. Nada más hacerlo, me golpea en la nariz una vaharada a comida china. Hoy es una de esas veces que me gusta. Hay otras cuando el pesado olor a fritanga remueve mis jugos estomacales. Se nos acerca un camarero vestido con chaqueta verde botella y pajarita negra. Me hace gracia la combinación. Saluda a Enzo como si le conociera y nos conduce a una mesa para cuatro con un cartel de reservado encima. Deposito mi bolso de mano encima de una de las sillas y me doy cuenta de que he dejado el abrigo en el coche.

No sabía que tuviéramos compañía para cenar —le digo.

Mi mirada sugiere con claridad el “Reservado” que hay encima de la mesa.

Solo estamos tú y yo, Luciana.

Pensaba que solo se podía reservar a partir de seis comensales.

Tener buenas amistades tiene sus ventajas—. Me sonríe.

Sigo pensando en si está aquí de vacaciones o no, porque eso fue lo que deduje cuando me escribió ese “¡Qué coincidencia!” Mientras debato conmigo misma, y también para enmascarar mis conjeturas, obligo mis ojos a vagar por el interior del local. ¿Cómo no habré visto antes esas columnas doradas? Hay varias, y el tercio inferior de cada una de ellas acaba en un reluciente mosaico en colores verde y oro. Desde donde estoy, no puedo distinguir si las piezas doradas son, en realidad, de las mismas verdes que faltan y dejan ver el metal de la columna de debajo, o bien son piezas como las verdes, pero en dorado.

¿Eso de allí es un tanque de marisco? —pregunto.

Sí —contesta él sin mirar hacia donde le indico—. Por eso te decía que tenían el mejor de todo el barrio. Es vivo y te lo preparan en el momento. Además, lo elijes tú mismo; más fresco, imposible.

¡Pobres animales! —me pronuncio—. Y… dime, ¿vienes a menudo aquí? —pregunto intrigada.

Sí, bastante.

¡Diantres! Eso no satisface mi curiosidad de saber cuánto tiempo lleva en San Francisco. Le sigo dando vueltas al asunto, pero mi atención se desvía a pocos metros a la derecha de los tanques de marisco, donde veo algo que espero que no sea lo que yo creo ver. Será que mi cara luce más blanca que la cal, porque Enzo mira hacia donde miro yo y no comprende mi desconcierto.

¿Esos son…?

Es todo cuanto puedo articular antes de tragar el gran nudo que se me ha formado en la garganta.

Si te refieres a los patos colgados del cuello en ese asador, entonces sí, esos son —me contesta él sonriendo.

¡Qué barbaridad! —repongo.

¡Están riquísimos!—. Me azuza él.

Cojo mi bolso de mano y le pego con él en el brazo.

Ni se inmuta.

¿Qué esperabas, que hiciera un mohín tipo “¡ouch!” como hacen los ligones para demostrarte que les interesas? Sabes de sobra que no eres su tipo, Lucy. ¡Deja ya de flirtear!”, se burla mi hemisferio izquierdo.

¿Flirtear? ¿Yo?”, me indigno.

Sí, tú.”

Busco otras cosas que mirar para no tener que seguir defendiéndome ante mí misma. También lo hago para no hablar con él. Me doy cuenta de que estoy lejos de lucir mi mejor conducta, pero ahora mismo es lo que menos me importa. Miro sin ver, porque ni el enorme cuadro de distintos pájaros que ocupa casi en totalidad la parte superior de una de las paredes, ni los bonitos paneles de madera trabajada a mano que hay a mi derecha son suficiente distracción para ignorar su presencia. Además, soy consciente de que él me sigue clavando la mirada, y yo me muero de las ganas de… besarle.

¡Virgen Santísima! ¡Estoy como una chotaaaa!”

Por suerte, vuelve a acercársenos el camarero. Lleva… ¿dos libros? Si esas ‘biblias’ son los menús, ya bien podemos pasar toda la noche eligiendo un par de platos.

Ming, tomaré un 20, un 28 y el cangrejo que tú elijas. La señorita tomará un 30. Para beber, una botella con agua y otra con sake, por favor.

¿Y ya está?

¿Así, sin más?

Sin preguntar: ¿Luciana, quieres saber qué es un 30?, ¿Luciana, quieres tomar un 30? o, por ejemplo, ¿Luciana, te gusta el sake?

El camarero se aleja sonriendo. Es el primer camarero chino gordito que veo. De hecho, nunca pude explicarme cómo son tan flacos con esa cantidad de comida que hacen en los restaurantes chinos. Ello me obliga a deducir que ellos no tocan la comida, y eso, a su vez, hace que me cuestione si debería comer en un chino.

Gracias —digo enfurruñada.

¿Gracias de qué? —pregunta él sin darse cuenta del motivo de mi tono enojado.

Por haberme permitido elegir —le digo con sorna.

Discúlpame, Luciana. Como me dijiste que habías cenado, y yo tengo mucha hambre, lo pedí todo deprisa para no perder más tiempo. Y, a propósito, el 30 son los rollitos de primavera.

Ya…

Quiero enfadarme con él, pero mi indignación se ha esfumado, aunque sí noto cierta tensión entre nosotros y no quiero pensar en a qué se debe…

¿Por qué no me hablas de ti? —sugiere él—. ¿Cómo has estado en todo este tiempo?

He estado bien, Enzo. Gracias.

No puedo evitar bajar la mirada. Nunca hemos hablado de ello, y sé a qué se refiere. Quiere saber cómo llevé nuestra ruptura, pero me niego a volver a recordar ese año de depresión que sufrí cuando rompimos. Y no le daré el gusto de que él lo sepa.

Al final te has decantado por la traducción…

Sí, así es.

Es bueno dedicarte a lo que te apasiona. Me alegra que lo hayas conseguido.

Gracias.

No quiero que profundice en más temas que me incumban, así que le doy la vuelta al disco.

¿Y qué hay de ti? Cuando coincidimos en la red e intercambiamos un par de frases, te limitas a preguntarme cómo estoy y luego te disculpas, porque o tienes que seguir trabajando, o salir.

Dicho con otras palabras, me evitas”, recuerdo lo rechazada que me sentía en esos momentos, y no me hace gracia.

Me doy cuenta de que mi tono es reprobatorio, pero es exactamente como quiero que suene.

Lo siento, sabes que soy de los que prefieren una charla cara a cara. Además, la última vez que te propuse hablar por la webcam, fuiste tú quien se disculpó porque tenía que salir.

Recuerdo esa tarde.

Estaba en casa, desmaquillada y con mi cómodo, pero horroroso pijama puesto. Habría dicho cualquier mentira con tal de que él no me viera así. Y me moría de las ganas de verle…

Ya ves, cosas del destino—. Le echo la culpa a la suerte.

Por fortuna, reaparece el camarero llevando una bandeja con el pedido, una botella con agua y otra que contiene un líquido blanquecino que, por la pinta que trae, por nada en el mundo probaría. Deja los platos en la mesa, deposita delante de nosotros un par de tazas algo chatas, de arcilla marrón y sin asa, y se aleja.

¿Es el sake? —le pregunto.

Sí.

No voy a probarlo, y espero que no te importe. En cambio, los rollitos sí tienen una pinta estupenda—. Me froto las manos, contentísima. —Me comeré uno.

Enzo me lo sirve en el plato de porcelana con motivos florales ¡qué sorpresa!… verdes —está claro cuál es el color dominante del local— y yo espero a que también se sirva él. Le han traído algo parecido a unas empanadillas. Me gusta la presentación, le han puesto una bonita flor color fucsia en el centro. Entre nuestros platos hay uno pequeño y hondo, de los chinos para sopa. Contiene una salsa; creo que es la agridulce.

¡Que aproveche! —le digo.

Gracias—. Me sonríe.

Coge los palillos y atrapa con maestría una gamba rebozada para mojarla en la salsa. Siempre he sido torpe con esos utensillos, pero no veo ningún tenedor y, pese a que tengo unas ganas enormes de zamparme el rollito que me deja la boca agua, me quedo quieta. Para cuando se toma la segunda gamba, Enzo se da por fin cuenta de que yo sigo sin tocar mi comida y deja de masticar.

Pensaba que te gustaban calientes —me dice extrañado.

Es asombroso la de detalles que recuerda. Si se acuerda de eso, y yo le importo tan poco, tiene que ser una enciclopedia caminante sobre las mujeres que sí le importan de verdad. El hecho toca una fibra sensible que me escuece, así que prefiero no seguir pensando en ello.

He perdido el apetito —digo, no muy convencida de que la razón cuele.

¡No sabes usar los palillos! —exclama él para todo el que quiera oírlo.

¿Es que estoy hecha de papel film?—. Me indigno.

Luciana…—. Se inclina por encima de la mesa, para acercárseme más. —Te lo puedes comer con la mano. No se lo diré a nadie —me susurra.

Sonrío como una boba y quiero… besarle.

Mi sonrisa se va disipando poco a poco, y él se da cuenta de ello. Solo espero que no se dé cuenta también del “quiero… besarle” porque… ¡Qué vergüenza, por Dios!

Sus ojos vuelven a adquirir ese “no sé qué” de antes cuando le aguanté la mirada en la acera. Todavía no sé qué significa, pero tampoco me doy suficiente tiempo para descifrarlo. Eso implicaría más segundos para que él también se entere de lo que yo, a mi vez, estaba pensando hace un momento, así que los dos levantamos las banderas blancas y volvemos a mirar cada uno en su plato.

Compruebo si la temperatura del rollito me permitiría tenerlo entre los dedos sin quemármelos y veo que sí. Le mojo la punta en el cuenco con salsa y me lo llevo a la boca. Enzo absorbe cada uno de mis movimientos con una sed que roza el descaro…

Para cuando me doy cuenta de ello, el rollito ya está entre mis labios y, como estoy mirando a Enzo como una tonta, la salsa no espera a que me espabile y cae en gotas gruesas y pegajosas por mis dedos. Muerdo un trocito y dejo el dichoso rollito en el plato. Me lamo los labios y busco una servilleta para limpiarme los dedos empringados. Antes de terminar de pensarlo, me noto la mente tan obtusa que no soy capaz de reaccionar. El anular y el meñique de mi mano derecha están dentro de la boca de Enzo. Sus ojos encendidos no solo parecen oscuros, son como azabaches relucientes y sensuales a endiablar. Noto su lengua, caliente y suave a veces, e indomable otras, pasando por mis falanges, y mi vientre bajo se contrae recordándome cómo me hacían sentir sus besos allí y lo deliciosos que eran… Mis rodillas se juntan tanto bajo la mesa que me hago daño.

Lo ha visto…

Ha visto esos pensamientos en mi mirada, y la suya me dice que también él lo recuerda. Hace más de quince segundos que la salsa ha desaparecido de mis dedos, pero mis falanges siguen en su boca, y su lengua me las tortura como solo él sabe hacerlo… Me los suelta despacio y no deja de mirarme a los ojos. Trago y sé que estoy perdida… Mis pupilas habrán doblado su tamaño, y el aro del iris sería verde intenso, como siempre me pasaba con él cuando estaba preparada para…

¿Por qué lo has hecho?”

Son mis ojos los que le exigen una respuesta, pues mi boca está demasiado seca para articular palabra alguna.

Tú sabes por qué, Luciana”, me contestan los suyos. “Por la misma razón que he querido verte y por la que también has querido verme tú.”

No me conviene permitirle que me diga más cosas que ansío oír. No me conviene por un sinfín de razones…

Te esperaré fuera —le digo y me levanto de la mesa.

Salgo sin mirar atrás, pero sé que me sigue. Casi le noto el aliento en la nuca… Por supuesto que viene por más. Cualquiera vendría por más después de haberle permitido hacerme semejante cosa; y poco le importaría que estuviera prometida.

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